Esta es una historia que se cuenta mejor en círculo, con una hoguera de por medio. Pero como no tenemos hoguera —o quizás sí, quién sabe dónde la estás leyendo—, tendremos que inventarla juntos.
Imagina, si quieres, que estas palabras son leños que arden despacio, como arden las historias cuando se cuentan de noche, cuando el frío aprieta y los ojos brillan esperando lo que viene después. Porque hay historias que exigen algo más que leerlas en silencio. Exigen que te sientes de cierta manera, que respires hondo, que saques la pereza del cuerpo —sobre todo en esta época del año— y te dejes arrastrar por esa corriente invisible que une a quien cuenta con quien escucha.
Esta historia que vas a leer sucedió hace tanto tiempo que cuando la escribieron por primera vez aún olía a camino, a polvo de caravana, a especias traídas de tierras lejanas. Los que la vivieron hablaban tres lenguas diferentes y nunca imaginaron que, siglos después, alguien como tú la leería en una lengua que para ellos no existía.
Algunos detalles se perdieron en el camino, eso es inevitable. Las historias, como los viajeros, se transforman según los caminos que recorren. Pero lo importante, lo verdadero, permanece intacto.
Porque esta es la historia real de los Reyes Magos.
Y te advierto desde ahora: ni eran reyes, ni eran magos, y —como pronto descubrirás— no eran tres, sino cuatro.
Así que apaga lo que tengas que apagar, enciende lo que necesites encender, acomódate, y prepárate. Vamos a empezar.
I. El Viajero del Norte
Érase una vez un hombre mayor, ya anciano, con larga barba blanca y cabellos lacios del mismo color que le llegaban hasta los hombros, tal y como era costumbre entre los hombres nobles y ricos de su país, allá en el extremo norte de Europa, en las tierras de Escandinavia, donde el frío en invierno es tan intenso que el viento corta la cara de las personas incluso en los días soleados, donde los fiordos se abren en la tierra como heridas antiguas y el mar del Norte ruge con una voz que parece venir de otro mundo.
Este hombre mayor, llamado Melchor, tenía facciones duras, arrugadas por años de exposición al clima implacable, y sin embargo era alto y fuerte a pesar de su edad avanzada, con esa fortaleza que da la vida en lugares donde la naturaleza no perdona el más mínimo descuido. Durante toda su vida, Melchor había tenido que recorrer muchos lugares de su país y de otros del norte de Europa, primero por necesidad, luego por obligación, supervisando sus vastos negocios, sus tierras extensas, sus caravanas comerciales que atravesaban territorios helados llevando pieles, ámbar, madera de pino que nunca se pudre, miel fermentada que calentaba el alma en las noches eternas del invierno nórdico.
En esos numerosos viajes que emprendió a lo largo de décadas, Melchor descubrió algo que cambiaría para siempre su forma de entender la vida: descubrió el gusto por viajar, el placer de sentirse libre de tantas obligaciones que le generaba su enorme fortuna y, por tanto, sus grandes responsabilidades con sus empleados, sus tierras y sus negocios, todas esas cadenas invisibles que ataban su espíritu a lugares y rutinas que, con el paso de los años, empezaban a pesarle como armaduras demasiado pesadas para un cuerpo que ya no era joven.
El caso es que Melchor, a lo largo de sus viajes y los años, fue madurando una idea que se fraguó despacio en las frías y oscuras noches de su país, esas noches donde el sol desaparece durante meses enteros y el mundo se reduce a la luz de las hogueras y al sonido del viento golpeando las ventanas como un animal que pide entrar. Y es que, a pesar de su avanzada edad, Melchor seguía ocupándose de todo él solo, tomando cada decisión, resolviendo cada problema, cargando con el peso de un imperio comercial que había construido con sus propias manos pero que ahora, en lugar de darle orgullo, le producía una extraña sensación de vacío.
Fue en el invierno de aquel año en el que transcurre esta historia cuando Melchor decidió cumplir con aquella idea que llevaba tanto tiempo germinando en su interior como una semilla bajo la nieve esperando el momento exacto para brotar. Realizaría un viaje muy largo, el más largo de su vida, quizás el último. Un viaje del que muy probablemente no regresaría a sus tierras. Lo más probable era que todo quedara en manos de cualquiera si él no volvía a ocuparse de sus asuntos, pero precisamente esto, lejos de preocuparle, le animaba todavía más, le llenaba de una emoción extraña que hacía décadas no sentía, desde aquellos tiempos de juventud cuando todo era posible y el mundo entero parecía estar esperándolo con los brazos abiertos.
Su gran sueño, el sueño que había alimentado en secreto durante años sin atreverse siquiera a nombrarlo en voz alta, era poder viajar a un país cálido, muy distinto al suyo, donde el sol brillara todo el día y la nieve fuera sólo una palabra en lenguas extranjeras. Además, quería descubrir aquellas misteriosas tierras lejanas del sur, ese lugar casi mítico llamado Oriente del que había oído hablar de forma muy vaga a mercaderes que venían de allá con especias que olían a mundos desconocidos, con telas de colores que no existían en el norte, con historias de ciudades donde las torres tocaban el cielo y los jardines florecían todo el año.
Melchor sabía que era una locura. Sus amigos le decían que estaba demasiado viejo para un viaje así, que los caminos eran peligrosos, que los bandidos acechaban en cada recodo, que las enfermedades del sur eran mortales para los hombres del norte. Pero Melchor sonreía y callaba. Sabía algo que ellos no sabían. Había visto algo en el cielo. Una estrella. Una estrella nueva, brillante, inquietante, que había aparecido una noche sobre el horizonte sur y que parecía llamarlo con una insistencia silenciosa pero irresistible.
Así que vendió gran parte de sus posesiones, convirtió su riqueza en oro fácil de transportar, preparó un pequeño séquito de hombres leales que quisieron acompañarlo en su locura, y una mañana fría, cuando el sol apenas asomaba su pálido rostro sobre las montañas heladas, Melchor partió hacia el sur, dejando atrás su vida, su nombre y su historia, para convertirse simplemente en un viajero, un buscador, un peregrino de la luz.
II. El Astrónomo del Desierto
Mientras Melchor atravesaba los bosques interminables de Germania, muy lejos de allí, en una ciudad de piedra y arena rodeada por el desierto, vivía Gaspar. Gaspar no era un rey, ni un guerrero, ni un mercader. Era un hombre de ciencia, un astrónomo, un observador del cielo. Tenía la piel curtida por el sol y los ojos oscuros y profundos de quien ha pasado más tiempo mirando a las estrellas que a los hombres.
Gaspar vivía en una torre alta, llena de instrumentos extraños: astrolabios de bronce, mapas celestes dibujados en pergamino, lentes pulidas con arena fina. Pasaba las noches en la azotea, envuelto en mantas de lana, trazando el movimiento de los planetas, calculando eclipses, buscando patrones en el caos aparente del firmamento.
Para sus vecinos, Gaspar era un hombre extraño, un solitario, quizás un poco loco. Pero Gaspar no estaba loco. Estaba esperando. Había leído en los libros antiguos, en las tablillas de arcilla de los sumerios, en los papiros de los egipcios, que una nueva era estaba por llegar. Una era marcada por el nacimiento de un rey que cambiaría el destino del mundo. Y la señal de ese nacimiento aparecería en el cielo.
Y una noche, la señal apareció. No era un cometa, ni un planeta, ni una supernova. Era una luz nueva, fija, serena, que brillaba con una intensidad que desafiaba toda lógica. Gaspar la vio y supo, con esa certeza que sólo tienen los que han dedicado su vida a buscar la verdad, que el momento había llegado.
No lo dudó. Empaquetó sus instrumentos, tomó sus ahorros —una pequeña bolsa de incienso, resina sagrada que valía más que el oro— y se unió a una caravana que partía hacia el oeste. No sabía exactamente a dónde iba, sólo sabía que debía seguir la luz.
III. El Príncipe Guerrero
Más al sur, en las tierras cálidas de África, donde el sol quema la tierra y los leones rugen en la noche, vivía Baltasar. Baltasar era joven, fuerte, impetuoso. Era un príncipe de su pueblo, un guerrero respetado, un líder nato. Pero Baltasar tenía un secreto: estaba cansado de la guerra.
Había visto demasiada sangre, demasiada muerte, demasiado dolor. Había ganado batallas, había conquistado territorios, había sido aclamado como un héroe. Pero en su corazón sentía un vacío inmenso. "¿Es esto todo lo que hay?", se preguntaba en las noches de insomnio. "¿Matar o morir? ¿Conquistar o ser conquistado? ¿No hay otra forma de vivir?".
Baltasar buscaba algo más. Buscaba una paz que no dependiera de la espada. Buscaba un rey que no gobernara con el miedo, sino con la justicia. Y un día, un anciano sabio de su tribu le habló de una profecía. La profecía de un Niño que nacería en tierras lejanas, un Niño que traería la paz al mundo, un Niño ante el cual se inclinarían todos los reyes de la tierra.
Baltasar escuchó la profecía y sintió que una llama se encendía en su pecho. Esa misma noche, vio la estrella. Brillaba sobre el desierto, indicando el camino hacia el norte. Baltasar tomó su mejor lanza, no para luchar, sino para apoyarse en el camino. Tomó un cofre de mirra, un perfume amargo y precioso que se usaba para embalsamar a los reyes, y partió solo, dejando atrás su reino y su ejército, en busca del Príncipe de la Paz.
IV. El Encuentro
Los caminos de Melchor, Gaspar y Baltasar se cruzaron en un oasis en medio del desierto de Arabia. Fue un encuentro extraño. Tres hombres de razas diferentes, de edades diferentes, de culturas diferentes, unidos por una misma locura: seguir una estrella.
Al principio se miraron con desconfianza. Melchor, el anciano del norte, con sus pieles y su barba blanca. Gaspar, el sabio del desierto, con sus túnicas y sus mapas. Baltasar, el guerrero del sur, con su piel de ébano y su porte real. Pero pronto descubrieron que hablaban el mismo idioma: el idioma de la búsqueda, de la esperanza, de la fe.
Decidieron continuar el viaje juntos. Compartieron el agua, la comida y las historias. Melchor habló de la nieve y los fiordos. Gaspar habló de las constelaciones y los planetas. Baltasar habló de la sabana y los leones. Y así, entre risas y silencios, se convirtieron en hermanos.
V. El Cuarto Mago
Pero, como os dije al principio, no eran tres, sino cuatro. El cuarto mago se llamaba Artabán. Vivía en las montañas de Persia, en un palacio de mármol y oro. Artabán era un hombre rico, culto, generoso. También él había visto la estrella. También él había decidido seguirla.
Artabán había vendido todas sus posesiones para comprar tres piedras preciosas de incalculable valor: un zafiro azul como el mar profundo, un rubí rojo como la sangre viva, y una perla blanca como la luna llena. Estos serían sus regalos para el Rey.
Artabán había acordado reunirse con Melchor, Gaspar y Baltasar en el oasis. Pero el destino tenía otros planes. En su camino hacia el punto de encuentro, Artabán encontró a un hombre tirado en el borde del camino. Estaba enfermo, cubierto de llagas, moribundo. Nadie se detenía a ayudarlo. Todos pasaban de largo, temiendo contagiarse o perder tiempo.
Artabán se detuvo. Miró al hombre y luego miró hacia el horizonte, donde la estrella brillaba con urgencia. Sabía que si se quedaba a ayudar, llegaría tarde a la cita. Sabía que sus amigos no podrían esperarlo. Sabía que perdería la oportunidad de ver al Rey.
Pero también sabía otra cosa. Sabía que no podía dejar morir a ese hombre. "¿De qué me sirve adorar al Rey del Amor", pensó, "si dejo morir a mi hermano sin compasión?".
Así que Artabán se bajó de su caballo. Limpió las heridas del hombre, le dio de beber, lo cargó sobre su montura y lo llevó a una posada cercana. Allí pagó al posadero con el zafiro azul para que cuidara del enfermo hasta que se recuperara.
Cuando Artabán llegó al oasis, sus amigos ya se habían ido. En la arena encontró una nota: "Hemos esperado tanto como hemos podido. La estrella nos llama. Síguenos a través del desierto".
Artabán no se desanimó. Dio media vuelta y regresó a Persia para comprar camellos y provisiones para cruzar el desierto solo. Pero ya no tenía dinero. Tuvo que vender el rubí rojo para financiar su viaje.
Cruzó el desierto en soledad, guiado por la estrella y por su fe inquebrantable. Llegó a Belén, pero llegó tarde. Los otros tres magos ya habían adorado al Niño y se habían marchado por otro camino. Y la Sagrada Familia había huido a Egipto, escapando de la furia del rey Herodes.
Artabán llegó a un pueblo sumido en el llanto. Los soldados de Herodes arrancaban a los niños de los brazos de sus madres para matarlos. Artabán vio a un capitán que estaba a punto de atravesar a un bebé con su espada. Sin pensarlo, sacó la perla blanca, la última joya que le quedaba, y se la ofreció al soldado.
"Toma esta perla", le dijo, "vale más que todo lo que ganarás en tu vida. Tómala y deja vivir a este niño".
El soldado, deslumbrado por la belleza de la perla, aceptó el trato. Guardó la joya y se alejó, dejando al niño con vida.
Artabán se quedó solo, sin joyas, sin dinero, sin haber visto al Rey. Pero no se rindió. "El Rey ha ido a Egipto", pensó. "Iré a buscarlo allí".
VI. La Búsqueda Eterna
Y así pasaron los años. Artabán recorrió Egipto, buscando al Niño en cada aldea, en cada mercado, en cada templo. Preguntaba por él a los sabios, a los sacerdotes, a los mendigos. Pero nadie sabía nada.
Artabán envejeció. Su pelo se volvió blanco, su espalda se encorvó, sus fuerzas flaquearon. Pero su corazón seguía ardiendo con la misma esperanza del primer día. Durante su viaje, Artabán no encontró al Rey, pero encontró a muchos que lo necesitaban. Visitó cárceles, hospitales, asilos. Consoló a los tristes, alimentó a los hambrientos, vistió a los desnudos. Y aunque ya no tenía joyas que dar, daba lo único que le quedaba: su tiempo, su cariño, su vida.
Treinta y tres años después de haber salido de Persia, Artabán llegó a Jerusalén. Era un anciano frágil y cansado. La ciudad estaba agitada. Se decía que iban a crucificar a un profeta que se hacía llamar el Hijo de Dios. Artabán sintió un vuelco en el corazón. "¿Será él?", se preguntó. "¿Lo encontraré al final de mi vida, sólo para verlo morir?".
Se dirigió hacia el Gólgota, arrastrando sus pies cansados. Pero en el camino, vio a una joven que era arrastrada por unos soldados. La iban a vender como esclava para pagar las deudas de su padre muerto. La joven lloraba y suplicaba piedad, pero nadie la escuchaba.
Artabán se detuvo. Miró a la joven y sintió una profunda compasión. Buscó en sus bolsillos, pero estaban vacíos. Ya no tenía zafiros, ni rubíes, ni perlas. No tenía nada que ofrecer.
Y entonces, ocurrió el milagro. Artabán recordó que aún le quedaba algo. Algo que había guardado durante todos esos años, cosido en el dobladillo de su túnica. Era un pequeño trozo de oro, el último resto de su fortuna. Lo sacó con manos temblorosas y se lo dio a los soldados.
"Tomad", dijo con voz débil. "Es todo lo que tengo. Dejadla libre".
Los soldados tomaron el oro y soltaron a la joven. Ella se abrazó a Artabán, llorando de gratitud. Pero en ese momento, el cielo se oscureció, la tierra tembló y una piedra se desprendió de un muro cercano, golpeando a Artabán en la cabeza.
El anciano cayó al suelo, moribundo. La joven lo sostuvo en sus brazos, intentando reanimarlo. Y entonces, Artabán escuchó una voz. No era una voz humana. Era una voz suave, dulce, poderosa, que parecía venir de todas partes y de ninguna.
"Tuve hambre y me diste de comer", decía la voz. "Tuve sed y me diste de beber. Estuve desnudo y me vestiste. Estuve enfermo y me curaste. Estuve en la cárcel y viniste a verme".
Artabán, con su último aliento, susurró: "¿Cuándo, Señor? ¿Cuándo te vi hambriento, o sediento, o desnudo, o enfermo? Nunca te vi. Mis manos están vacías. No tengo nada que ofrecerte".
Y la voz respondió, con una ternura infinita: "En verdad te digo, Artabán, que todo lo que hiciste por uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hiciste".
Una sonrisa de paz iluminó el rostro de Artabán. Sus ojos se cerraron suavemente. Su viaje había terminado. Había encontrado a su Rey. Y su regalo había sido el más valioso de todos: su propia vida, entregada por amor.
Epílogo
Y así termina la historia del cuarto mago. Una historia que no está escrita en los Evangelios, pero que está escrita en el corazón de todos los que creen que el mejor regalo no es el oro, ni el incienso, ni la mirra, sino el amor que damos a los demás.
Quizás, esta noche, cuando mires al cielo y veas una estrella brillar más que las otras, te acuerdes de Artabán. Y quizás, sólo quizás, decidas seguir su ejemplo y convertirte tú también en un mago, en un portador de luz en medio de la oscuridad.

